

Desde la frontera sur buscan desesperados encontrar una forma de acceder de nuevo a suelo estadounidense
José Luis Guerrero, venezolano de 31 años, no pudo conocer a su hija que nació hace poco menos de un mes. Fue capturado por agentes estadounidenses 44 días antes de que su esposa diera a luz, cuando acudió a su cita migratoria en Tulsa, en Oklahoma. Cayó en la trampa burocrática y lo encerraron primero en el centro penitenciario del Condado de Otero, en Chaparral, Nuevo México, y después fue trasladado al Centro de Detención Sierra Blanca, en Texas.
Guerrero vivió en la sombra de las dos cárceles porque no se podía ir, a causa del terremoto que sacudió su país y tumbó toda deportación inmediata. Antes de ser arrestado por agentes del ICE, acudía de lunes a sábado a una fábrica de tamales en la que se había empleado y se preparaba con ahorros para el nacimiento de su pequeña. Su vida en los Estados Unidos se resumía en intentar obtener la legal estancia junto a su esposa para poder tener una mejor vida, pero todo quedó en un intento trunco que ahora recuerda con pesada nostalgia, desde Tapachula, en Chiapas, en el sur de México.
Cuando por fin llegó la hora de su expulsión de Estados Unidos, lo enviaron precisamente aquí, a la ciudad que 14 meses antes había conocido de paso en su ruta hacia la frontera norte, cuando provenía de Sudamérica. Tapachula junta ahora a miles como él. Esta ciudad y Villahermosa, en Tabasco, se han convertido en los dos principales puntos de México para dejar a la deriva a más de 10.000 migrantes de nacionalidades distintas. Entre 300 y 400 se han unido ahora a una caravana más amplia, para caminar de vuelta al norte.